domingo, 18 de enero de 2009

Maristas 66

Posted on 18.1.09 by Rafael Huete

Para E.A, por descubrirme a R.D.
Se sentó en un banco para esperar al tren. Dirigió la mirada a la gente que allí había. Eran las mismas personas que todos los días montaban a esa hora en el tren camino del trabajo. Le gustaba esa impresión de ver siempre a las mismas caras conocidas. En ese instante alguien se puso a su lado. El tipo en cuestión era bastante alto, de unos cincuenta años, con un aire seco y sereno. De reojo se quedó mirando la cara de ese hombre. A ese señor no lo había visto nunca en la estación, pero esa cara no le era del todo desconocida, la había visto antes en algún sitio, pero no sabía dónde. El tren hizo su entrada en la estación. Entró deprisa en el vagón para coger un sitio, ya que estar todo el trayecto de pie era muy incómodo. Se sentó, y se disponía a leer la prensa, cuando se percató de que una persona se sentó en el asiento de enfrente. Levantó la vista por encima del periódico, y ahí estaba el tipo desconocido, ojeando unos folletos de información sobre horarios y trayectos del tren. El otro señor se dio cuenta de que estaba siendo observado, apartó la vista de lo que estaba leyendo, y la alzó hacia su compañero de viaje. Se cruzaron la mirada durante unos segundos.


Como si de un flash se tratara, supo quién era, ya sabía dónde había visto esa cara.
Era él, sin ninguna duda, tenía la misma expresión a pesar del tiempo, aunque hubieran pasado cuarenta años, esos ojos negros no los podía olvidar. Estaba sentado junto a la persona que peor se lo hizo pasar en el colegio, y cuyos traumas y abusos causados todavía seguían en su mente a pesar del paso del tiempo. Estudiaba en los Maristas de Salamanca, en un internado. Odiaba estar interno, sobre todo por una circunstancia, la presencia de Eugenio Suárez, el mayor abusón del colegio, que además al ser monitor de pasillo, contaba con el beneplácito del director y de los profesores. No sabía por qué, pero este matón se ensañaba con él. Le trataba como a un criado, le mandaba limpiar los váteres de todos sus amigos, igual de abusones que él, le robaba los libros y los apuntes, algunas noches se levantaba y le daba golpes fuertes con una pastilla de jabón atada a una toalla. Durante el resto del trayecto no pudo dejar de recordar esos malos momentos, creándole un desasosiego terrible. Le parecía increíble que, después de tanto tiempo tuviera delante a la persona que más marcó su vida para mal. Le tenía que decir quién era, seguro que él tampoco se había olvidado. Y aunque dudó en hacerlo, al final se armó de valor:

-Ramón Martínez, Maristas de Salamanca, promoción del 66.

-Luis Jiménez, Salesianos de Madrid, promoción del 69, encantado.

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